Se arrodilló y recogió las cartas, también mi anillo que le acababa de arrojar a la cara. Pero cuando se levantó, me entregó solo lo primero.
Después, cuando vio mi piel erizada por el frio, colocó sobre mis hombros el abrigo que me había traído desde la mansión. Sin embargo, no hubo afecto ni nada.
—Rafael...
—Hablemos después, ahora mismo estoy agotado, confundido y tan furioso que...
Sacudió la cabeza y soltó una maldición por lo bajo, apenas conteniéndose. Luego exhaló y sin decirme