92. LA NOCHE EN CASA
El tono ligero de su respuesta alivió de nuevo la conversación, y ambas compartimos una pequeña risa. Pero, incluso en medio de su broma, yo podía sentir la profundidad de su historia.
—A veces me parece que no conozco a Robin. Yo lo veo como un lindo chico, siempre sonriente y haciendo de todo para hacerme feliz —dije con una sonrisa, recordando nuestras noches de pasión.
—¿Sonriente, Ema? —preguntó Esmeralda, arqueando una ceja.
—Sí, siempre está sonriente y feliz —añadí, todavía sonriendo—.