34. LA ABOGADA.
AIDEN.
—Soy Aiden.
—Me estás jodiendo —esa voz hacía que mis pantalones se sintieran demasiado justos.
—No.
—No te estaba preguntando, hijo de puta —tenía la delicadeza de un pirata, la muy condenada.
—No seas grosera, no aprendes modales.
—No los necesito. ¿Qué quieres?
—Mira, yo creo que…
—¿Qué quieres, Aiden? Siempre que me llamas es porque quieres o necesitas algo de mi, eres una maldita sanguijuela, estoy trabajando y no tengo tiempo para ti.
—Tengo problemas.
—¿Cuándo no tienes probl