12. POR SIEMPRE LA CONEJA.
Desde esa noche, Alice y yo nos veíamos a escondidas, hasta que descubrimos que nuestros padres eran amigos, no quise preguntarle sobre su tatuaje y la influencia de su hermano en su vida, que era obvio importaba y mucho. Quería que ella me contará cuando se sintiera cómoda.
—¿Y si nuestros padres dicen que no?
—¿Por qué dirían que no? —la sigo besando mientras ella está sobre mí—. Ya no somos niños Alice, el único que se opone es tu hermano y aún no entiendo porque.
—Solamente me está cuidando