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Mientras Leonardo mantenΓa su brazo sobre mis hombros, sentΓ una mezcla de orgullo y nerviosismo. El auditorio se llenaba de un murmullo expectante, y las luces del escenario brillaban intensamente, destacando cada expresiΓ³n en nuestros rostros. El aire estaba cargado de la energΓa de nuestra reciente interpretaciΓ³n, y el pΓΊblico, aΓΊn en silencio, contenΓa la respiraciΓ³n.
Una de los jueces, una mujer elegante con el cabello gris recogido en un moΓ±o y una sonrisa cΓ‘lida, se levantΓ³ y tomΓ³ el mic