El vapor caliente aún flotaba en el aire cuando Eloise envolvió la toalla alrededor de su cuerpo y caminó hacia la habitación.
Sus pies descalzos sobre el suelo frío le provocaron un leve estremecimiento.
No de frío.
De realidad.
Al acercarse a la cama, se detuvo.
Sobre las sábanas perfectamente estiradas descansaba una camisa blanca.
Masculina.
De algodón fino.
Doblemente doblada, con un cuidado silencioso.
Era de Augusto.
La tocó con delicadeza, casi con temor.
Cuando la levantó, el aroma de