Inicio / Romance / ME CASÉ CON EL AMANTE SECRETO DE MI MADRE / Capítulo 3: La habitación que llevaba mi nombre
Capítulo 3: La habitación que llevaba mi nombre

«Tu madre».

La palabra permaneció entre nosotros mientras intentaba comprender lo que Adrian acababa de decirme. Durante dieciséis años había vivido con una versión sencilla de la muerte de mi padre: un accidente, una carretera mojada y una tragedia que había destrozado a nuestra familia. Ahora mi esposo estaba delante de mí, diciéndome que Victoria Hart había sido la última persona que estuvo con Lucas antes de que muriera, y no parecía un hombre que estuviera dispuesto a retractarse.

—¿Cómo sabes que estuvo con él? —pregunté finalmente.

Adrian no respondió de inmediato. Se pasó una mano por el cabello y luego caminó hacia la ventana del pasillo, como si necesitara unos segundos para decidir cuánto estaba dispuesto a contarme.

—Porque tu padre me llamó esa noche.

Mi corazón dio un vuelco.

—¿Te llamó?

—Sí.

—¿Y qué te dijo?

Adrian bajó la mirada.

—Que si algo le ocurría, no debías volver a la casa del lago.

La misma casa que mi madre había mencionado minutos antes.

La misma casa que yo no recordaba haber visitado.

—¿Qué había en esa casa?

—No lo sé.

—No te creo.

Adrian volvió a mirarme.

—Puedes creerlo o no, Evelyn, pero no voy a inventar una respuesta solo para darte algo que calme tu miedo.

Su tono no era defensivo. Eso me molestó más, porque una parte de mí empezaba a sospechar que aquella era precisamente la razón por la que mi padre había confiado en él. Adrian no parecía interesado en hacerme sentir mejor; parecía decidido a asegurarse de que, cuando finalmente conociera la verdad, pudiera soportarla.

—Mi madre dijo que nunca tuvimos una casa en el lago.

—Lo sé.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Porque tu padre me llevó allí.

Me quedé mirándolo.

—¿Cuándo?

—El verano en que cumpliste ocho años.

Una presión extraña apareció detrás de mis ojos.

Por un instante vi agua bajo un cielo azul, una pequeña barca roja flotando cerca de un muelle y una mano masculina sujetando la mía. La imagen desapareció antes de que pudiera atraparla.

Me apoyé contra la pared.

Adrian se acercó inmediatamente, pero levanté una mano para detenerlo.

—Estoy bien.

—No lo estás.

—Solo fue un recuerdo.

—¿Qué viste?

Cerré los ojos, intentando regresar a aquel instante.

—Agua. Una barca roja. Creo que estaba con mi padre.

Adrian permaneció en silencio.

—¿Y tú? —pregunté.

—Yo también estaba allí.

Abrí los ojos.

—Entonces dime qué pasó.

Su expresión se endureció.

—No esta noche.

Sentí que mi paciencia se rompía.

—¿Cuándo, entonces? ¿Mañana? ¿La próxima semana? ¿Después de que otra persona muera?

Adrian recibió mis palabras sin responder. Finalmente, sacó una pequeña llave del bolsillo de su pantalón y la sostuvo entre los dedos.

—Hay algo que debes ver.

Miré la llave.

—¿La habitación?

Él asintió.

—Pero una vez que entres, ya no podrás fingir que esta familia es lo que creías.

No sabía si aquello era una advertencia o una promesa.

Tal vez ambas cosas.

Adrian caminó hacia el extremo del pasillo y yo lo seguí.

La puerta con mi nombre parecía diferente ahora. Ya no parecía simplemente una puerta cerrada. Parecía una parte de mi vida que alguien había escondido deliberadamente de mí.

Cuando Adrian introdujo la llave en la cerradura, sentí que el corazón comenzaba a latirme con fuerza.

El mecanismo cedió con un clic.

Adrian abrió.

Esperaba encontrar documentos, dinero o alguna prueba relacionada con mi padre.

No esperaba encontrar mi infancia.

Las paredes estaban cubiertas de fotografías.

Me acerqué lentamente.

Una imagen mostraba a mi padre enseñándome a montar bicicleta. Otra me mostraba dormida en un sofá mientras él trabajaba en una mesa cercana. Había fotografías de mis cumpleaños, de mis primeros días de escuela e incluso de momentos que yo apenas recordaba.

—¿Quién tomó todas estas fotografías? —pregunté.

—Tu padre.

—¿Y por qué están aquí?

Adrian no respondió.

Seguí caminando hasta que vi una fotografía que me hizo detenerme.

Era mi octavo cumpleaños.

Reconocí el jardín, la mesa cubierta de dulces y el vestido amarillo que llevaba aquella tarde.

Mi padre estaba detrás de mí.

Victoria estaba a su lado.

Y junto a ellos había un adolescente.

Adrian.

Toqué la fotografía con la punta de los dedos.

—Yo te conocía.

—Sí.

—¿Por qué no recuerdo haberte conocido?

Su mirada se oscureció.

—Porque después de aquel verano ocurrió algo.

—¿Qué?

—Te caíste al lago.

Lo miré.

—Mi madre siempre dijo que resbalé desde el muelle.

—Eso no fue lo que pasó.

El miedo regresó lentamente.

—¿Qué pasó entonces?

Adrian se acercó a la fotografía.

—Alguien te empujó.

Sentí que el aire se detenía en mis pulmones.

—¿Quién?

—Nunca lo descubrimos.

—¿Nunca?

—Tu padre sospechaba de alguien, pero murió antes de poder demostrarlo.

—¿Y por qué no recuerdo nada?

Adrian observó la fotografía durante varios segundos antes de contestar.

—Porque después del accidente, tu madre tomó una decisión.

—¿Qué decisión?

—Te llevó lejos del lago y empezó a convencerte de que nunca habías estado allí.

Mi estómago se revolvió.

—Eso es imposible.

—¿Lo es?

No supe qué responder.

Adrian se dirigió hacia un escritorio situado junto a la ventana. Sobre él había una caja de madera pequeña, cuidadosamente cerrada.

—Tu padre me pidió que conservara esto.

La caja llevaba mi nombre.

Evelyn Hart.

Mis dedos temblaron cuando la tomé.

—¿Qué hay dentro?

—Algo que nunca pude destruir.

—¿Por qué tendrías que destruirlo?

Adrian sostuvo mi mirada.

—Porque tu madre me lo pidió.

El mundo pareció inclinarse bajo mis pies.

—¿Mi madre te pidió que destruyeras algo de mi padre?

—Sí.

—¿Qué era?

—No lo sabía cuando me lo pidió.

Abrí lentamente la caja.

Dentro había una fotografía doblada y una pequeña grabadora antigua.

Tomé primero la fotografía.

Mi padre estaba sentado en un escritorio, escribiendo algo. Detrás de él aparecía Victoria, pero su rostro no estaba dirigido hacia la cámara.

Estaba mirando a alguien.

A alguien que se encontraba fuera del encuadre.

Volteé la fotografía.

Había una fecha escrita detrás.

14 de agosto.

Mi respiración se volvió irregular.

—Ese es el día en que murió mi padre.

Adrian negó con la cabeza.

—No.

Lo miré.

—¿Qué quieres decir?

—Ese es el día anterior a la fecha oficial de su muerte.

Sentí un escalofrío.

—Mi madre siempre dijo que murió el quince.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué existe una fotografía del catorce?

Adrian no respondió.

La grabadora seguía dentro de la caja.

La levanté.

—¿Funciona?

—Sí.

—Entonces quiero escucharla.

Adrian dudó.

—Evelyn...

—Quiero escucharla.

Colocó la grabadora sobre el escritorio y presionó el botón.

Al principio solo hubo estática.

Después escuché una respiración.

Mi corazón comenzó a acelerarse.

Y entonces reconocí la voz.

La voz que llevaba dieciséis años sin escuchar.

—Evelyn.

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

Era mi padre.

—Si estás escuchando esto, significa que Adrian cumplió su promesa.

Me llevé una mano a la boca.

Adrian permaneció completamente inmóvil.

La voz de Lucas continuó:

—No sé cuánto tiempo tengo, pero hay algo que debes saber. Tu madre no es la persona que crees que es.

Una pausa.

Después, mi padre dijo algo que me hizo mirar inmediatamente a Adrian.

—Y, Evelyn, si algún día te preguntas por qué Adrian entró en nuestras vidas, recuerda esto: yo fui quien se lo pidió.

La grabación se interrumpió.

Miré la pequeña pantalla de la grabadora.

—¿Eso es todo?

Adrian tomó el aparato.

—No.

—¿Qué quieres decir?

—Esta grabación debería durar más.

Presionó el botón otra vez.

Nada.

La cinta había sido cortada.

Alguien había eliminado la parte más importante.

Entonces escuchamos un ruido detrás de nosotros.

Los dos nos giramos.

La puerta seguía abierta.

Pero al otro lado del pasillo no había nadie.

Adrian salió primero.

—Quédate aquí.

Esta vez no discutí.

Él avanzó unos pasos y miró hacia las escaleras.

Yo bajé la mirada hacia la fotografía que todavía sostenía.

Fue entonces cuando noté algo que no había visto antes.

En la esquina inferior había una pequeña anotación.

Tres palabras escritas con la letra de mi padre.

Ella lo sabe todo.

Sentí un escalofrío.

Pero debajo de esas palabras había otra frase, escrita con una tinta diferente.

Una frase que no estaba allí cuando abrimos la caja.

Y ella sabe que tú lo recordarás.

Levanté la mirada.

Adrian seguía en el pasillo, de espaldas a mí.

—Adrian...

Él se giró.

Le mostré la fotografía.

Su expresión cambió inmediatamente.

—¿Quién escribió eso?

—No lo sé.

Adrian cruzó la habitación rápidamente y tomó la fotografía.

La observó durante unos segundos.

Después miró hacia la puerta.

—Evelyn, sal de esta habitación.

—¿Por qué?

No respondió.

Porque en ese momento escuchamos el sonido de una puerta cerrándose en algún lugar de la mansión.

Adrian sacó su teléfono.

—Reed.

Una voz respondió al otro lado.

Adrian escuchó durante unos segundos y luego su rostro perdió todo color.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

Él me miró.

—Hay alguien dentro de la casa.

Antes de que pudiera reaccionar, las luces se apagaron.

Y desde el piso inferior llegó una voz femenina.

Una voz que conocía demasiado bien.

—Evelyn...

Era mi madre.

—No confíes en Adrian.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP