Capítulo 5.
Cuando salí por la puerta trasera de la finca de los Bravo, solo vestía mi ropa interior.
El aire nocturno me mordía la piel como mil dagas pequeñas. Mis pies desnudos tocaron el frío camino de piedra, enviando descargas de hielo hasta mis huesos.
Pero no me inmuté, no les daría el gusto de verme rendida.
Mi loba gimió débilmente dentro de mí, aún tambaleándose por la pérdida de las piedras lunares que la mantenían fuerte. Sin ellas, no era más que la sombra de lo que había sido, como yo.
Frente