—¡Cómo te atreves! —grité con el puño cerrado.
Estaba lista para dar un paso al frente y golpearlo en la cara, cuando se giró hacia mí, me miró con la misma agresividad que yo le estaba mostrando.
—¿Por qué? ¿Dije algo malo? —espetó, gruñendo con rabia—. ¿Acaso tu hija no atacó a mi hijo? —gritó, haciendo que siguiera mirándolo fijamente.
Mi loba comenzó a despertar de la manera más antinatural.
Este tipo de reacción podría llevar a un desastre y podría empujar a mi loba a atacarlo.
—¡Esa es la