Una semana después, Raquel sintió el sudor correr por su espalda, pero agradeció poder tomar el último bocado en el plato que se encontraba frente a ella. El hombre, sentado una silla más allá de ella, sonrió mientras servía algo de agua en el vaso que le correspondía.
— No te fuerces de más — se puso en pie para ofrecerle el vaso —, no quiero que te hagas daño, puedo ver que estás exhausta.
— No quiero — susurró —. Puedo, sola.
Las palabras seguían sonando extrañas, el hombre se encogió de hom