MORGANA
La luz del amanecer apenas se filtra por las cortinas cuando siento la mano de mi padre sacudiéndome con brusquedad. Aún entre sueños, mi queja se ahoga en la garganta al ver su rostro endurecido por la impaciencia.
—¡Morgana, despierta ya! —gruñe él, y no puedo evitar el resentimiento que brota dentro de mí—Es hora de que enfrentes tus responsabilidades.
Mi madre, sentada al borde de mi cama, me mira con una mezcla de preocupación y expectativa.
—Hija, no puedes seguir evadiendo esto.