30. Papá oso
Quise abrazarlo en ese momento, pero preferí darle su espacio. Seguía mirando su comida tras el primer bocado. No era que desconfiara de mí; si así fuera, ni siquiera habría probado el plato. No estaba en su naturaleza. Solo era miedo, y ese miedo lo conocía bastante bien.
—Mírame —sonreí suavemente, acariciando su barba con delicadeza—. Hagamos algo, ¿sí? Yo te daré de comer.
Su mirada se fijó en mí, como siempre, en silencio, esperando que actuara. Tomé la tostada con huevos y tocino y la ace