Cristal emergió lentamente de la oscuridad, sin recordar en qué momento finalmente había cedido al agotamiento. Sus párpados pesaban y le costaba abrirlos. A pesar de su cansancio pudo notar que falta poco para el ocaso. Con un leve gemido intentó incorporarse, al apoyar su mano, percibió una textura extraña: suave, tibia y desconocida.
Intrigada, deslizó su manos con cautela: sus dedos se hundieron en lo que parecía cabello corto.
¿Qué hacía un objeto así en la cama? Ella no recordaba haber