Cuando Ciro llegó al lugar pautado para su encuentro con Voslov, éste no se hallaba, en cambio había un séquito de sus hombres en el lugar. El italiano conservó la compostura y prosiguió.
Esperó por el ruso por más de dos horas hasta que por fin apareció arrogante como de costumbre. El odio que Ciro sentía hacia él no podía esconderse, aunque al ruso poco le importaba.
-Mi estimado socio, no puedes imaginarte las ganas que tenía de volver para decirte lo agradecido que estoy por tu generoso