Mientras alcanzaba el éxtasis, Bethany alzó su mirada hacia las estrellas, testigos mudos de la pasión que desbordaba de sus cuerpos. Los prometidos estaban en el jardín trasero de la casa, adentrados en la piscina, entregándose a los deseos de la carne. Ciro tenía a su amada contra el bordillo haciéndole el amor. En su mente no había cavidad para alguien más que Bethany. No percibía otro perfume que no fuese el de lavanda que rezumaba de su piel, no degustaba un sabor diferente al de cerezas d