“Es hora de despertar, muñeca”. Alec murmuró; una mano suave presionada contra mi hombro.
“No”. Gruñí, agarrando el calor que permanecía en la cama.
Mi fuente de calor venía del otro hombre en mi cama, el que envolvió sus brazos alrededor de mi cintura, acariciando su rostro en mi cabello con un gruñido de contenido. El calor parecía irradiar de los gemelos en oleadas, y noté la fina capa de sudor que cubría mi cuerpo. Kade olía a cítricos y madera, una hoguera crepitante, comodidad y segurida