JULIAN
—¡Julian!
La voz desesperada de Emma, pidiendo ayuda, hace que despierte sobresaltado, con la respiración entrecortada y el pecho subiendo y bajando, debido a la adrenalina que recorre todo mi cuerpo.
Una sensación extraña me avasalla, me pongo de pie al notar la luz opaca que se filtra a través de las cortinas gruesas. Son las seis de la mañana y diviso a mi izquierda, el cuerpo desnudo de la mujer con la que he salido estos últimos meses. Carolina, mi secretaria.
Muevo el cuello con