Bajo su cremallera, desabotono sus vaqueros y meto mi mano, de su garganta brota un gruñido que se intensifica cuando toco su grueso tronco.
—Nadie tiene porque enterarse —musito y las palabras que brotan de mi garganta suenan vergonzosas.
Sus ojos brillan con maldad, me toma de las caderas y me gira, baja mi ropa y de una estocada me penetra, duele una m****a, pero al mismo tiempo me gusta. Agarra mis nalgas con rabia, las abre y empuja las caderas con más ímpetu que la primera embestida.
—Ah