El cielo de Aryndell era más azul que nunca.
Las aves volaban en círculos por encima de los jardines reales, y una suave brisa traía el aroma de las flores silvestres que florecían por todo el valle. La paz, esa que tantas veces se creyó imposible, por fin reinaba sobre el Imperio.
En los jardines internos del palacio, dos niños de cabello rojizo corrían entre los árboles, riendo a carcajadas. Sus pequeños colmillos apenas se asomaban cuando sonreían, y sus ojos —uno con matices dorados, el o