68. Sean bienvenidos... por ahora
Estaba agotada.
Ya se había imaginado que el camino sería difícil, pero no tanto. Le dolía el estómago del hambre y el frío le calaba en los huesos.
El sol apenas tocaba el horizonte cuando Dayleen se detuvo. Sus piernas le temblaban, su aliento era cada vez más errático y los latidos de su corazón retumbaban en sus oídos como un tambor de guerra.
Llevaba horas cabalgando sin descanso.
Su loba seguía en silencio, como si supiera que no debía interferir. Tal vez por respeto. Tal vez por mied