117. Selene, ayúdame

Ese día la neblina de la mañana se colaba entre las piedras resquebrajadas de la antigua plaza central. Dayleen permanecía de pie junto a lo que quedaba del altar ceremonial de la manada de Agua, con los ojos cerrados, la respiración lenta y su poder fluyendo desde la punta de sus dedos hasta fundirse con la tierra.

Detrás de ella, Xavier, Cassian, Sebastián, Annika y Kenji aguardaban en silencio, vigilando la zona desolada y en ruinas. Las casas estaban vacías, y el aire seguía impregnado de u
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