Rosa…
Briggita y yo habíamos estado trabajando sin parar en los expedientes que nos habían enviado. Cuando miré la hora, vi que era casi la hora de comer. Menos mal. Me estaba entrando hambre y sentía los dedos como si hubiera estado corriendo una maratón toda la mañana.
“Diez minutos más y podremos descansar”, anunció Brigitta.
“Gracias a Dios. Necesito un descanso; los números están flotando delante de mí”, me reí entre dientes.
Volvimos al trabajo, pero justo entonces un fuerte grito nos