Cuando tomamos asiento junto a donde jugaban los niños, sentí sus ojos clavados en mí. Pero cada vez que levantaba la vista, él miraba hacia otro lado.
“¿Qué?”. Pregunté entretenida.
“Nada”.
“¿Entonces por qué me miras fijamente?”.
“No te estaba mirando”. Dijo a la defensiva.
“Puedes tomar una foto; dura más, y además, sé que soy linda”. Bromeé.
“Muy graciosa”. Se echó a reír. “Y no, no eres linda”. Dijo. Deteniéndose un segundo. “Eres hermosa”.
“Oh, así que me estabas mirando”. Bromeé.