Leah
Cuando la primera alarma sonó a las cinco treinta, busqué con la mano el cuerpo cálido de mi esposo. Cada mañana ocurría lo mismo, sonaba dos veces antes de que nos diéramos por vencidos y finalmente nos levantásemos. Pero mientras eso ocurría, me abrazaba a su espalda disfrutando de los últimos minutos antes de comenzar la batalla diaria. A veces él era quien me abrazaba, acunándome entre sus brazos con cuidado, acariciándome el cabello y regando besos en mi cuello.
Abrí los ojos lentam