Connie quedó sentada descaradamente, con una pierna a cada lado sobre ese Rey albino. Él, tumbado boca arriba en la espaciosa cama, la veía fijamente.
Gael, únicamente vistiendo su pantalón blanco, dejaba toda su parte superior desnuda y expuesta a la vista de esa hembra, que brillaba como joyas de rubíes; ella, sin poder dejar de admirar su escultural figura.
Respirando con agitación, Connie tragó saliva con nerviosismo, sus ojos brillando con una mezcla de deseo y ansias.
Las palmas de