—¿Quién soy? Soy tu verdugo —la voz de aquel hombre resonó con firmeza mientras saltaba, aterrizando con gracia sobre el césped.
—¿Ah? ¿Mi verdugo? ¡Tremendo imbécil! ¡¿Quién demonios eres?! No hueles a lobo… No hueles a… —las palabras de Alfa Gedeón se detuvieron cuando un leve aroma familiar lo golpeó: el de Connie.
"¡HUELE A ELLA!"
Pensó ese hombre lobo.
—¿Lobo? Por supuesto que no soy algo tan bajo —replicó el Rey dragón con altivez, mientras la esfera en su mano se reducía de tamañ