El hombre que estaba sentado frente a mí no era el mismo chico dulce que me había acompañado en mi juventud. Algo en él había cambiado. Su mirada, su postura, incluso la forma en que respiraba… ya no era la misma persona. Se había convertido en alguien distinto, como si hubiera perdido el rumbo del amor que alguna vez nos unió.
Sentía miedo, miedo de decir siquiera una palabra. Pero en lo más profundo de mi ser, sabía que tenía que hablar.
—Jacobo… creo que tenemos que hablar.
Mi voz sonó dista