El primer año de secundaria fue un torbellino de cambios, pero para mí, se sintió más como un vacío interminable. No había hecho ningún amigo. No porque no lo quisiera, sino porque simplemente no sabía cómo hacerlo. Iniciar una conversación era como intentar resolver un acertijo sin pistas, un desafío que me dejaba paralizada.
Los días transcurrían monótonos, siempre iguales. Pasaba los recreos sentada en el mismo rincón del patio o dentro del salón, con mi almuerzo intacto y mis pensamientos c