Jadé, con los dedos luchando por agarrarme de la madera pulida.
—Mierda —gruñó, con las manos sujetando mis caderas—. Estás tan estrecha. Tan jodidamente perfecta.
Empezó a moverse, un ritmo constante que se intensificaba despacio, cada embestida empujando más profundo, más fuerte. El banco de trabajo crujía debajo de nosotros y podía oler a serrín, sudor y sexo. Se inclinó sobre mí, con el pecho presionando contra mi espalda y sus labios rozándome la oreja.
—Esto es lo que he estado planeando