Pasé los siguientes días en un estado de excitación perpetua y latente. Cada vez que Jameel entraba a una habitación, el aire parecía espesarse, haciéndome difícil respirar. No hablábamos del incidente del baño... no hacía falta. El secreto vivía en la forma en que sus ojos se demoraban en mi pecho, o en la manera en que mis muslos se presionaban instintivamente el uno contra el otro cada vez que él pronunciaba mi nombre con ese retumbo grave y posesivo.
La casa se sentía más pequeña con él ade