Cuando desperté, estaba en una habitación de hospital. Un médico anciano de aspecto compasivo sostenía la pequeña linterna enfocando mis ojos.
— Siga la luz — hice lo que me pedía. — Está consciente.
Avisó a alguien y desapareció poco después.
— ¡Ay, Dios! ¡Qué susto!
Respiré aliviada cuando vi a Tomás a mi lado. Me dolía la cabeza, de hecho, todo en mí, parecía estar roto.
— Eso estuvo cerca, Lis. Te has perdido esto de aquí — hizo un gesto con dos dedos — Te aplastarían en público.
Tenía los o