XLIV. Descubriendo a la culpable
En todo el trayecto a la casa nadie habló una palabra y era obvio el ambiente deprimente, nada que ver con la alegría y relajación que teníamos hace solo unas horas.
Miraba por el espejo retrovisor a Estefanía, pero ella no me miró ni por un segundo, estaba muy concentrada observando el paisaje exterior, pero yo sabía que su cerebro debería estar trabajando a mil, porque además su ceño fruncido, la delataba.
Ya había dejado de derramar esas pequeñas lágrimas que salieron de sus ojos al inicio,