Christian estaba en casa.
En la villa, la tenue luz amarilla llenaba la sala de estar con un ambiente cálido.
Cuando Christian entró por la puerta con los hermanos Matías y Ricardo, la noche ya había caído, dejando el exterior oscuro como el carbón. Los tres aún llevaban consigo el rastro desordenado de una pelea, con la ropa un poco arrugada.
En ese momento, las cuatro mujeres, Carmen y Lucía, ya habían disfrutado de una cena abundante y estaban cómodamente sentadas en el suave sofá de la sala