Cuando estas palabras salieron, todos en la escena quedaron sorprendidos.
Cada uno de ellos miraba a Christian con incredulidad en sus rostros, incapaces de entender de dónde sacaba Christian el coraje y la audacia para desafiar al hijo de Galileo, Benicio.
¿No estaba buscando la muerte?
—Bien, muy bien.
—Muchacho, ya que buscas la muerte, ¡te la concederé!
—Seis Protectores, inutilícenlo, rompan sus piernas y háganle saber cuál es el destino de desafiarme.
Benicio, furioso, dio la orden a un ho