—Veintitrés mil millones, a la de una.
—Veintitrés mil millones, a la de dos.
—Veintitrés mil millones, a la de tres. ¡Vendido!
En el escenario, Rubén levantó su pequeño martillo de madera y lo dejó caer con fuerza. Sin embargo, por dentro, su mente estaba en un torbellino, incapaz de calmarse.
Ya sabía de antemano que este espejo protector era simplemente una antigüedad común y corriente, no podía ser ningún tesoro. Sin embargo, Christian había gastado la exorbitante suma de veintitrés mil mill