Quizás no se atreviese. Jorge la apartó de su lado.
— No te preocupes por mí, vete.
— ¿Seguro pues que no necesitas nada?
— He estado media hora en agua fría y aun así no se me pasa. No me va a ayudar ningún PA;ito caliente.
— Entonces, ¿qué es lo que quieres?
— ¡Quiero estar contigo!
Su voz era ronca, cargada de deseo.
Quería verla perder el control, verla gemir mientras le suplicaba por más, dejarla tan exhausta que no pudiera levantarse al día siguiente.
Esos pensamientos desenfrenados estab