Mi mamá, al ver la cara de derrota de Izan, sonrió satisfecha y me dio unas palmaditas en la mano, su tono suave y protector:
—Querida, no tengas miedo. Mientras estemos aquí, nadie va a poder hacerte daño.
Victoria, al oírla, saltó como una gata herida, señalando a mi madre con un dedo acusador.
—¡Miren nomás! ¿Quiénes se creen ustedes? ¡No tienen ni idea! ¡Nuestro Izan es vicepresidente de Grupo X!
Mi papá la miró con una fría burla en los ojos.
—¿De verdad? Pues veremos qué tan lejos llega tu