Sloane
Logan me llevó en brazos como si no pesara nada, con mi cuerpo recostado sobre su ancho hombro mientras se abría paso a empujones entre la multitud. Me debatí sin mucho entusiasmo, más por aparentar que por oponer resistencia real. La ira de los trillizos se desprendía de ellos en oleadas, oscura, posesiva y salpicada de unos celos descarnados que hacían que mi interior palpitara a pesar del espectáculo público.
—¡Bájame! —protesté, pero mi voz sonó más entrecortada de lo que pretendía.