Llegó a la empresa justo cuando comenzaba la jornada laboral. Los empleados iban y venían, y muchos no dejaban de mirar hacia un mismo punto de la oficina.
Quiana tenía un aspecto desastroso. No había dormido en toda la noche y la obligaron a permanecer arrodillada mientras los guardaespaldas la mantenían sometida. Estaba al borde del desmayo. Pero, sobre todo, nada le dolía más que la forma en que todos la miraban.
Antes era tan orgullosa y deslumbrante, pero ese día estaba siendo humillada d