Daniel se negaba a tomar la medicina, pero el sudor frío ya le caía por la frente.
—¡Llama a Karla, que venga enseguida, rápido! —Fernando me señaló, con la mano temblando un poco.
No me atreví a perder tiempo y rápidamente llamé a Karla. Para mi sorpresa, no vivía lejos de la casa antigua; llegó en poco más de diez minutos.
Le pasé la medicina y ella se la llevó rápidamente a Daniel.
—Daniel, tómate la medicina, por favor.
Su voz se volvió suave, y fue entonces cuando Daniel giró la cabeza para