Demetrio tragó grueso, asomándose por la puerta, y entrando detrás de Eva.
Los niños estaban parados en fila, uno al lado del otro.
Miró, a cada uno de ellos, mientras el corazón le palpitaba a mil por horas. No sabía qué decir, ni que preguntar, fue Fernanda la que se acercó a él.
Demetrio se agachó, a saludarla. Era una niña hermosa, su cara era tan fina como la de él.
La niña colocó la mano en su mejilla, y le dijo en un susurro:
—Sabía que eras mi papá —musitó llorando. Demetrio tomó a la ni