«Dios mío no puede ser que el pavo real sea mi jefe» pensó Amber mordiendo sus labios fuertemente.
—Dime pues, ¿qué haces en mi oficina?, no me digas que vienes a aquí molestarme?, o acaso vienes mmm…—pensó por varios segundos —. ¿Quieres disculparte por tumbar mis papeles? porque te lo digo eh, no voy a tolerar que te la pases por mi empresa dañando cosas, con esas manos de aceite que tienes —Amber lo miró con una ceja alzada.
Ella no tenía manos de aceite, ¿o si?
Subió la ceja un tanto moles