Sentado al otro lado de la habitación, con un whisky en la mano, observo a mi madre atentar contra la paciencia de Eliana con sus atenciones. Eliana, sin embargo, parecía estar hasta la coronilla de los cuidados policíacos tanto de mi madre como de Scott. Había algo diferente en Memo —Scott, como prefería que le dijeran—, diferente en el buen sentido.
—Ambos saben que estoy bien, ¿verdad? —dijo ella, soltando un gran bostezo—. Lo siento…
Se levantó de un salto del sofá, fijando la mirada en las paredes. Parecía complacida, intrigada por los diseños.
—¡Oye, fortachón! —llamó.
Poniéndome una sonrisa en el rostro, me encontré con su mirada.
—No me dijiste que te gustaba el arte. Tu casa es hermosa.
Me encogí de hombros ante el cumplido.
—No creo que mi primo esté de acuerdo —dije, fijando la vista en Scott mientras dibujaba una sonrisa burlona—. ¿O sí?
Él ni me dedicó una mirada, y mucho menos una respuesta. No podía culparlo. Si por él fuera, no estarían aquí. Por eso tuve que recurrir a su esposa, Eliana. El «CEO despiadado» difícilmente podía decirle que no a su Eliana, lo que me dio la oportunidad de traerlo a casa.
Habían llegado hacía apenas unos minutos, pero Scott estaba más que listo para cruzar esa puerta e irse lejos de aquí.
—Qué bueno verte de nuevo, primo —mi voz sonó baja, seria. Lo decía totalmente en serio.
—Ojalá pudiera decir lo mismo —me espetó, frunciendo aún más el ceño.
Él no quería tener nada que ver con la mafia, y eso nos incluía a nosotros: sus parientes en la mafia. Más aún después de lo que ocurrió hace unos meses. Pero yo no iba a pedir disculpas por querer venganza.
—No puedo esperar para explorar Sinaloa —suspiró Eliana.
—Solo vinimos para la fiesta, amor —dijo Scott con dulzura.
Con su estado, era poco probable. Aún así, ambos discutieron un poco al respecto. Me levanté de mi asiento y salí, dejando a la pareja y a mi madre, que estaba más que encantada. Memo había hecho algo bien: casarse con Eliana. Al hacerlo, nos dio a todos algo que necesitábamos. Para mi madre, más familia; una persona más a quien amar y pronto dos, con el bebé en camino. Para mí, una persona más para ponerme a prueba los nervios, alguien a quien cuidar. Y para Memo, la oportunidad de conocer el amor.
Gustavo estaba parado justo en la puerta de mi despacho.
—¿Qué pasa? —pregunté con impaciencia.
—Hay un nombre en la lista…
—Gustavo… ve directo al punto.
—Sí, Don —se aclaró la garganta y continuó—: Hay una tal Caitlin Stevens en la lista, la acompañante de Caspian Zuri —hizo una pausa.
—¿Y? —pregunté, preguntándome a dónde iba todo esto.
—No sabemos nada de ella. No pertenece a ninguna…
—¿Le hiciste un chequeo de antecedentes?
Ya estaba harto de esta conversación inútil. Sí, me había asegurado de que la seguridad fuera aún más estricta. No podía arriesgarme a que nada saliera mal en la fiesta de mi madre. Especialmente con Memo y su esposa aquí. Pero esto era absurdo.
—¡Dios, Gustavo! La gente trajo acompañantes, y muchos. Puede que los conozcamos a ellos, pero no conocemos sus intenciones. Mantén un ojo sobre ese muchacho Zuri y su chica.
Giré el pomo de la puerta y entré a mi despacho. La puerta se cerró de golpe antes de que escuchara su «sí, Don».
Un suave golpe en la puerta me despertó de golpe. Me había quedado dormido con el cigarrillo en la mano y una pila de papeles sin tocar.
Esa sola palabra, la voz. Me dejó helado. Una parte de mí esperaba lo imposible.
La puerta rechinó al abrirse. Su figura alta y oscura entró, y luego cerró la puerta sin decir una palabra. Fijó la mirada en la enorme pintura de mi pared por un breve instante.
—Tsk, tsk, tsk… todavía no lo has superado —me miró con una expresión que no pude descifrar.
—¿Para eso estás aquí? —pregunté sin rastro del humor que tenía horas atrás.
—Veo que al final sí es una fiesta de máscaras —dijo Scott con voz suave.
—Por supuesto. No voy a arrastrarte a la fuerza a un mundo del que no quieres formar parte —me llevé el cigarrillo a los labios y aspiré un poco de humo. Sonreí al ver con qué intensidad me observaba… al cigarrillo—. ¿Así que estás aquí para darme las gracias?
—¿Por qué haría eso? Si no fuera por ti y tus estúpidos juegos, no estaríamos aquí en primer lugar.
—¿Entonces viniste a disculparte? —esbocé una sonrisa burlona.
Me miró como si me hubiera vuelto loco.
Tomó asiento, miró el cigarrillo y sacudió levemente la cabeza, como intentando deshacerse de un pensamiento no deseado.
—Toma —le tendí un cigarrillo.
—No, gracias. Es tentador, pero no.
Sus ojos decían lo contrario.
Sacudió la cabeza, pero yo ya sabía la respuesta.
—¿Qué tan segura será la fiesta para Eliana?
Típico de Scott Blackwell.
—Muy segura, me aseguré de ello. No voy a poner en peligro a mi primita embarazada ni a mi sobrino.
Asintió en señal de aprobación, se levantó y se dirigió a la puerta.
A Memo le sonó como si esas palabras le hubieran sido arrancadas a la fuerza.
—Espera, ¿qué? Repítelo, no…
La puerta se cerró de golpe antes de que pudiera completar la frase.
Los invitados ya habían empezado a llegar para la fiesta. Salí de mi despacho y fui a mi habitación para darme una ducha extremadamente necesaria y cambiarme de ropa.
Antes de dirijirme al salón, repasé los detalles de seguridad una vez más con el equipo.
—Ya llegaron —informó Gustavo.
No tuve que preguntar quiénes. Sabía que era Zuri. Debido a la reacción de Gustavo, recibieron atención extra; me aseguré de ello. La cámara hizo zoom sobre ambos. La mujer era rubia, vestida con un vestido verde de terciopelo que revelaba demasiada piel y una pequeña máscara negra. Caspian Zuri parecía estar susurrándole algo al oído, con la mano apoyada firmemente en su espalda baja.
Ella levantó la vista, directo a la cámara, revelando unos deslumbrantes ojos verdes. Por alguna razón, me parecieron familiares.
Estás aquí para revisar la seguridad, no para codiciar a una mujer que no tiene idea de que la estás mirando. Con eso, me dirigí al salón. ¿Quién mejor para vigilar a mis primos que yo? Protegerlos significaba estar cerca de ellos, estar en la fiesta mientras ellos estuvieran allí. El sonido de la música, las risas y el chocar de las copas llenaban mis oídos. Memo y su esposa estaban en el centro del salón, bailando. Parecían haber logrado captar la atención de toda la multitud. Especialmente la de la rubia al lado de Zuri.
No dejaba de robarle miradas, diciéndome a mí mismo que era por razones de seguridad. Maldita seguridad… había algo en ella. Me atrapó la mirada y me sonrió. Me obligué a apartar la vista.
M****a, necesito un trago. Le hice una seña a un mesero para que me trajera una bebida. Tomando una copa de champán de la bandeja, dejé que mis ojos vagaran, intentando encontrar a mi madre. La hallé en medio de las mujeres del pueblo, como de costumbre.
—Te hacía más como un hombre de licores fuertes. Preferiblemente whisky… tal vez.
La voz vino desde detrás de mí. Me giré para encontrar a Caspian sonriendo suavemente, con el brazo de la rubia firmemente entrelazado con el suyo.
—También deberías saber que no me gusta que la gente hable a mis espaldas, y mucho menos que se me acerque sigilosamente —dije con una sonrisa forzada, dejando que mis ojos mostraran más de lo que había dicho.
—Mis disculpas, Don. Lo que pasa es que tengo algo para usted, algo que sé que le interesaría, pero no podía esperar al momento adecuado, ya que eso es bastante difícil de determinar —dijo Caspian con una ligera inclinación de cabeza.
Los dedos de la rubia se apretaron alrededor de su brazo. Bien, estaba asustada. La miré fijamente, manteniendo mi expresión lo más oscura posible. Por alguna razón, disfrutaba lo inquieta que estaba.
—¿Qué es ese «algo» de lo que hablas? —murmuré, sin mostrar el menor interés.
Por el rabillo del ojo, vi a Gustavo alacechando en una esquina. Sus ojos estaban fijos en mí, o más bien en mis invitados: Caspian y su mujer. No podía culparlo. Yo también tenía una extraña sensación con ellos.
—¿Le importaría si lo discutimos en privado, o al menos en un lugar un poco más tranquilo? —murmuró Caspian en voz baja, inclinándose hacia adelante.
Dando un paso atrás, lo miré fijamente.
—Más vale que sea algo bueno.
Un buen truco o un buen negocio. Lo que sea, pero más le valía que fuera bueno por su propio bien. No me gusta perder el tiempo.
Caminé hacia la puerta mientras ellos me seguían por detrás. Gustavo se unió sin decir palabra. Los guié hasta la sala de espera.
Me senté, buscando el cigarrillo en el bolsillo de mi saco. La mujer dio un brinco en su asiento, apretando un poco más los brazos de Caspian.
—Tu dama no parece estar muy cómoda, Zuri —le dediqué una media sonrisa—. Tranquila, no muerdo.
Ella pareció relajarse un poco. Caspian le dio unas palmaditas suaves en los dedos.
—Yo asesino… bala, hoja… depende de mi humor.
La calma de hacía unos segundos desapareció. A la mujer se le fue el color del rostro.
Aclarándose la garganta, Caspian se erguó en su asiento, tomó los dedos de la rubia en su palma y le levantó la mano.
—Le traje algo… un regalo que le va a encantar.
Sonreí, una sonrisa que no llegó a mis ojos. Sabía hacia dónde iba esto.
—¿Dónde está ese regalo del que hablas? —mi voz era baja, grave e intimidante.
—Ella es el regalo, Don —sonrió como si me estuviera ofreciendo algo incalculable.
En un movimiento rápido, saqué mi arma y le apunté directo a la cabeza; mi sonrisa nunca decayó. Esta tenía que ser la estupidez más grande que alguien jamás hubiera hecho. Sí, me encantan las mujeres. No, no soy un mujeriego, y definitivamente no hago negocios ofreciendo o aceptando mujeres como pago o ganancia.
—Don, por favor, no dispare. ¡Al menos mírela bien, por favor! —tenía los ojos fuertemente cerrados y la voz le temblaba—. ¡Quítate la maldita máscara! —le gritó a la rubia.
La mujer dio un brinco, y sus manos fueron de inmediato hacia la máscara. En el momento en que la máscara cayó de su rostro, me quedé helado. Todo pareció detenerse.
—Increíble… —susurré, bajando lentamente el arma.
Esto no puede ser… ¿Cómo? ¿Laura?