La puerta de la habitación se cerró con un clic sordo. Giselle se dejó caer contra la madera, el aire le faltaba y el mundo daba vueltas a su alrededor. Se llevó las manos al vientre, respirando con dificultad.
—Tranquila... respira, por favor... —se decía a sí misma, con los ojos cerrados, sintiendo cómo las lágrimas de impotencia finalmente se abrían paso.
Minutos después, la puerta se abrió con suavidad. Marcel entró, con el rostro serio y los nudillos aún enrojecidos del golpe. Al verla pál