Al llegar al hospital, mi corazón latía con fuerza, como si quisiera salirse de mi pecho. Cada paso que daba por el pasillo resonaba en mis oídos y sentía que el mundo se desmoronaba a mi alrededor.
Entré de golpe en la sala de espera y vi a mi madre, temblando, con lágrimas surcando su rostro.
Sin pensarlo, la abracé, sintiendo cómo su angustia se mezclaba con la mía.
—¿Qué pasó? —pregunté, intentando que mi voz sonara firme, aunque mis ojos comenzaban a humedecerse.
—Tu hermano… está mal —dijo