Al llegar a casa, el dolor que sentía se hizo insoportable. Las lágrimas caían sin cesar, como si con cada una intentara soltar la angustia atrapada en mi pecho. Apenas crucé la puerta, me encontré con Regina, quien me miró con preocupación y me envolvió en un abrazo cálido.
—¿Dónde estabas, amiga? —preguntó suavemente, como si temiera romperme.
Tragué el nudo en mi garganta, pero las palabras salieron entre sollozos.
—Hoy es el cumpleaños de Elijan... y le llevé el pastel que le preparé —logré