Gustavo
Bajé las escaleras un poco detrás de ella, sin perderme ningún detalle. El vestido abrazaba sus curvas y el sonido delicado de sus tacones resonaba. Mi padre estaba al pie de la escalera, elegante como siempre, sonriendo satisfecho.
—Estás bellísima, querida —dijo con un tono paternal.
Ella agradeció con una sonrisa dulce. Una sonrisa que nunca me regaló a mí. Cuando me puse a su lado, mi padre comentó:
—Así debe ser, hijo. La caballerosidad nunca pasa de moda.
—Ah, no se preocupe, papá