Gustavo
Entré en el despacho de mi padre sin llamar, como de costumbre. Todavía estaba terminando una llamada, con la voz firme y la postura erguida de siempre. Cuando colgó, levantó la vista y me analizó de arriba abajo.
—Hijo, estás muy guapo.
Me senté frente a su escritorio, relajado en la silla, y esbocé una sonrisa de lado.
—De familia.
—Estás muy entusiasmado con la fiesta de Ricardo, ¿no?
Crucé una pierna sobre la otra y apoyé el brazo en el apoyabrazos del sillón.
—Digamos que va a ser