Júlio César
Respiré hondo, apoyado contra la fría madera de la puerta, pegado a la mirilla. Se podían oír las voces amortiguadas en el pasillo, pero lo suficientemente claras como para alcanzarme, como puñaladas.
—El grupo estaba animado, como siempre —dijo el pelirrojo, con ese tono de quien cree que todo le pertenece—. Pero ya es más que hora de que salgamos solo nosotros dos, de una forma más… íntima, ¿no crees?
El pecho se me apretó. Sentí la sangre hervir.
La voz de Isadora era calma, cont