Gustavo
Salí de mi habitación y me detuve frente a la puerta del cuarto de Livia. Miré el reloj de pulsera y ya pasaban de las once de la mañana. La puerta seguía cerrada. Llamé distraído y nada. Respiré hondo, acomodé mi camisa reflejándome en el espejo del pasillo y bajé hasta el orquideario, donde mi padre, algunos fines de semana, solía cuidar las orquídeas con una paciencia casi quirúrgica. Un hábito que heredó de mi madre, después de que ella falleció.
Todavía recordaba la noche anterior.